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El trabajo interminable de mejorar

· 2 min de lectura

Ilustración del artículo

Me he dado cuenta de que el deseo de aprender a veces puede chocar de frente con el deseo de estabilidad.

Queremos sistemas fiables. Predecibles. Tranquilos.

Queremos que las cosas funcionen tan bien que nadie tenga que pensar en ellas.

Pero entonces llega alguien con una función nueva, un requisito nuevo, una forma mejor de hacer algo o, quizá, simplemente una pregunta:

¿Podemos mejorar esto?

Y la respuesta casi siempre es sí.

¿Llegaremos alguna vez a un punto en el que no quede absolutamente nada por mejorar?

Probablemente no.

Mientras haya personas usando un servicio, encontrarán nuevas maneras de utilizarlo, nuevos problemas con los que tropezar y nuevas cosas que esperar de él.

Lo curioso es que mejorar algo a menudo implica alterar lo que ya funciona.

Cambias el código.

Sustituyes un componente.

Mueves algo a otro lugar.

Pones a prueba una suposición y descubres que era incorrecta.

A veces rompes cosas.

Y, por extraño que parezca, de ahí viene buena parte de la emoción.

Hay algo satisfactorio en encontrar ese punto débil de un sistema, averiguar por qué falló, reunir los datos y construir poco a poco una solución a su alrededor.

Lo arreglas.

Lo haces más resistente.

Lo proteges.

Y, con el tiempo, encuentras lo siguiente que necesita atención.

Todavía me quedan muchas cosas por romper y arreglar.

Muchas por construir y reconstruir.

Muchas más por mover, sustituir, mejorar y, probablemente, volver a romper.

Y, sinceramente, disfruto viendo ese proceso.

Ver cómo algo empieza como una prueba de concepto rudimentaria y crece poco a poco hasta convertirse en algo real, estable y útil en producción.

Quizá ese sea el extraño equilibrio de la ingeniería.

Pasas la mitad del tiempo intentando que las cosas sean estables.

Y la otra mitad cambiándolas antes de que se acomoden demasiado.